Al instante

Así escribía Abelardo Forero Benavides

Por Edgar Artunduaga Sánchez

Abelardo Forero Benavides (infoarte.com)

Disciplina y Pulcritud

Como muchos de sus contemporáneos, Abelardo Forero Benavides vivió buena parte de su vida trasegando entre la política y el periodismo. Fue un formidable escritor al que su físico parecía hacerle honor a su prosa.

Campechano, abierto y rabiosamente honesto, los colombianos lo recordamos siempre por las sabrosas conversaciones en televisión con Ramón de Zubiría y que nos introdujeron en el apasionante mundo de la historia colombiana y universal en un diálogo platónico salpicado de anécdotas y fino humor. La cátedra del ilustrado binomio, en la caja mágica, se llamaba “El pasado en presente”.

Este cundinamarqués nacido en Facatativá fue columnista de El Tiempo, El Espectador, El Liberal y otras publicaciones y autor de obras como “La victoria de los vencidos”, “Cotextos”, “Biografía de una idea” y “Las cartas infidentes”, entre otras.

“El doctor Abe”, como lo llamábamos muchos periodistas, se levantaba a las cinco de la madrugada, se bañaba con agua tibia y en bata (o levantadora) comenzaba a escribir, después de haber leído intensamente en la noche.

Sostenía que el baño era ineludible para que la cabeza estuviese fría. Su máquina era la misma Remington que consiguió después de prestar la suya en tiempos de la violencia política cuando en el año 1948 era secretario del Ministerio de Gobierno.

El calor de sus libros (tenía más de diez mil volúmenes) fue su música inspiradora. Sólo escribía allí, en medio de sus libros, sus mejores amigos. Cuando redactaba fuera de su casa escribía a mano, por ejemplo, una constancia en la Cámara de Representantes, donde por muchos años tuvo una curul por el liberalismo de Cundinamarca.

Sólo utilizaba dos dedos para escribir en máquina, pero era un “chuzógrafo” veloz. Nunca recurrió a la máquina eléctrica porque el tecleo de la mecánica le parecía fascinante. “La mía se saltaba un poco, pero no importaba; era obediente, era sumisa, era extraordinaria compañera”, nos dijo un día.

Abelardo Forero Benavides –el autor de la famosa columna “Diario de la mañana”—se sentaba en una poltrona y acercaba una mesa muy pequeña. Una lámpara siempre iluminaba sus escritos. Cuando se sentaba ya se sabía qué iba a escribir y lo hacía de principio a fin, sin mayores correcciones. Terminado el texto, a mano ponía los entre títulos, si se trataba de un artículo periodístico.

En la mansarda de su casa no tenía extensión telefónica y todo transcurría en un silencio casi reverencial. Consultaba con mucha frecuencia y de pronto se detenía a leer apasionadamente. En su opulenta biblioteca reposaban desde voluminosos diccionarios de historia que databan del siglo XVII hasta lo más reciente e la literatura francesa que oportunamente le enviaban sus amigos.

La disciplina, el orden y la pulcritud extrema fueron características suyas. Forero solía guardar copia de todos sus escritos y también archivaba artículos y comentarios que aparecían publicados. Los empastaba cuidadosamente y consultaba con frecuencia. Por ejemplo, revisaba con esmero “Sábado”, semanario que dirigió y al que se dedicó por casi una década. Allí estuvo con Juan Lozano, Julio César Turbay y Plinio Mendoza, entre otros.

Conocía como la palma de su mano el lugar donde estaba cada uno de sus libros y podía hacer referencia con precisión de caca uno de ellos.

En el tercer piso de su casa estuvo escribiendo hasta cuando le tocó trastearse para un apartamento por razones de seguridad. El estaba dispuesto a hacer cualquier sacrificio en su vida o padecer cualquier sufrimiento, menos el de perder sus amados libros.

La pérdida de sus libros (decía) significaría la muerte para él y él quería seguir viviendo mucho tiempo más.

“Don Abe” dejó de existir en Bogotá el 25 de noviembre de 2003.Tenía 91 años.

Email this to someoneTweet about this on TwitterShare on Google+Share on LinkedInShare on FacebookPrint this page