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Arte correcto, política incorrecta

Charlotte Prodger, videoartista ganadora del Turner 2018.


Viene ocurriendo desde hace unos años, y el premio Turner, ese evento encargado de tomarle el pulso al arte inglés o de indicar por dónde van los tiros del mercado y del gusto curatorial, parece confirmarlo este año: los artistas se comportan cada vez menos como esos niños malcriados, escandalosos o rebeldes, que rompen con sus obras tabúes y gustos mayoritarios, y empiezan a actuar como adultos serios y comprometidos con los dramas políticos que perturban la existencia humana. Lo curioso es que mientras ellos maduran, se arman de principios morales e ideológicos, e indican cómo hacer del mundo un lugar más justo, solidario, ecológico o igualitario, los nuevos políticos que han surgido últimamente de la nada, en algunos casos enarbolando las banderas de la antipolítica, empiezan a cosechar éxitos notables andando el recorrido inverso.

Estos nuevos políticos, casi como chiquillos malcriados, han dejado de promulgar mensajes morales de inclusión, tolerancia y solidaridad, y han empezado a caracterizarse más bien por lo contrario: un patriotismo viril que mal disimula el desprecio que expresan por los inmigrantes, las causas feministas y las conquistas sociales de la población LGBTI.

Las estridencias ya no las hacen los artistas, las hacen estos advenedizos de la política. Con sus videos, tuits, declaraciones incorrectas y apelación a la verdad y a la autenticidad, están generando pequeñas tormentas mediáticas que se traducen en buenos resultados electorales. En las elecciones celebradas en 2018, la ultraderecha siguió surfeando la misma ola victoriosa a la que se subió en 2016. Irrumpió en España en las elecciones andaluzas, consolidó su ascenso en Alemania y obtuvo victorias en Italia, Hungría y Brasil. Si en 2013 el tema de debate global era la justicia y la inequidad económica, y lo que se esperaba era un resurgimiento de la izquierda, cinco años después nos encontramos con una ultraderecha desabrochada, que arma escándalos descalificando todas las conquistas progresistas de los 60.

Mientras tanto, el arte se vuelve serio. La selección de finalistas del Turner demuestra que el jurado estaba interesado en premiar creadores comprometidos con causas políticas y éticas. Charlotte Prodger –la ganadora- elaboró un video autobiográfico en el que abordaba la identidad y la sexualidad queer, Forensic Architecture denunciaba posibles crímenes de guerra cometidos por Israel al desalojar a un pueblo beduino en el desierto de Negev, Luke Willis Thompson desvelaba el racismo implícito en la violencia policial de los Estados Unidos, Naeem Mohaiemen mostraba las utopías políticas fallidas y denunciaba la situación poscolonial. Quizás era una manera de contrarrestar o denunciar la actualidad política del mundo. Al fin y al cabo las obras promovían los valores, si se quiere, correctos, progresistas; una actitud que contrasta con la que ejemplifican hoy los nuevos populistas.

Porque si en el mundo del arte se premia la corrección, en la política lo que está funcionando es la incorrección. El arte ha elegido las banderas de la moral; la política, las de la transgresión. Y, curiosamente, tanto los unos como los otros están entrando y cobrando mucho protagonismo en las instituciones, unos en los museos, los otros en los parlamentos.

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