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Armazón electoral

Por Abdón Espinosa Valderrama, Diario El Tiempo, Bogotá

Imagen registradora.gov.co

Es pasada la hora de definir qué república queremos: democrática y honesta o dictatorial y corrupta.

Decir que leve achaque, o sea indisposición propia de la edad, próxima a los 97 años, no me permitió cumplir el compromiso tácito con los asiduos lectores de esta columna, es fórmula de cortesía que no he querido eludir, como podría imaginarse con burda malevolencia dados los temas prioritarios sobre la mesa: tentativa de revivir ángulos afrentosos del narcotráfico, campaña electoral de los aspirantes a ocupar numerosas sillas en los cuerpos representativos y, ni más ni menos, ahora la de Presidente de la República.

 Asombra que tras los acuerdos del Gobierno Nacional con los miembros militantes de las Farc, destacadas unidades de esa organización intentaran cuantiosos despachos de cocaína en connivencia con poderosas ramas del narcotráfico azteca. Felizmente se descubrió la trama y apareció el nombre de Jesús Santrich en alianza secreta con el sobrino de Iván Márquez, quien califica de burdo “montaje” el apresamiento de su excompañero de guerrilla y, por tanto, pretende desvirtuar las imputaciones a su pariente próximo.

La posibilidad de luz verde a la extradición de Santrich complicaría las cosas por cuanto vendría a agregar otro elemento aleatorio a la sorda pugna por el crecimiento inmoderado de los cultivos de coca en Colombia. En caso de negativa, Colombia arriesgaría, en acto incomprensible de locura, desafiar sanciones de diverso orden por una mala causa: la peor, equivalente en el fondo a aliarse con el crimen internacional, renegando de su pasado civilista, respetuoso de las leyes nacionales e internacionales y de toda juridicidad. Es pasada la hora de definir qué república queremos: si democrática y honesta o si dictatorial y corrupta.

¿Por qué esta especie de ambivalencia concurrente y en cierta forma limitativa de los poderes de cada Cámara.

No en vano se está en el proceso de decidir quiénes habrán de gobernarnos en el inmediato futuro sin trampas ni corruptelas, con estricto respeto a nuestros derechos y a las normas que definen perfiles sociales e individuales, con irrevocable vocación democrática, exenta de abusos y falta de equidad. Ahora mismo es la oportunidad de reafirmar derechos y garantías. De los candidatos en cierne, no más de cuatro apuntan a llegar a la cima. Fuerza a quienes sus virtudes, conocimientos y experiencias alientan. Su victoria será la del país.

Un país democrático, por fortuna, que, además, acaba de votar tranquilo por integrar nada menos que el Senado de la República y la Cámara de Representantes en los cuales se resume el Poder Legislativo, cada corporación con un conjunto de derechos y obligaciones que la hacen indispensable para el buen éxito del sistema democrático. Curiosamente, es por medio de los candidatos presidenciales como se mide su fuerza y se evalúa el alcance práctico de sus poderes.

¿Por qué esta especie de ambivalencia concurrente y en cierta forma limitativa de los poderes de cada Cámara? Porque es de la esencia del sistema democrático con controles recíprocos para prevenir veleidades autocráticas y facilitar el equilibrio de régimen republicano. Que así llegó a denominarse un partido político integrado por unidades procedentes de las dos colectividades históricas, representadas por sus miembros respectivos. Se pensó en aquella época que era la manera de aproximarlos después de una devastadora guerra civil que durara mil días y mil noches.

Ni parecido con el panorama actual, dominado por el ejercicio de la civilidad, bajo el acoso del flagelo internacional del narcotráfico.

El sistema bicameral no ha sido óbice para que se crucen y refundan influencias. Pero sí para reflejar situaciones políticas a través de la expresión democrática de sus mayorías. En la actualidad, esta circunstancia se considera esencial para medir la fuerza de los respectivos candidatos que no son solamente a la Presidencia de la República, sino guías de las expresiones parlamentarias. A la cabeza debiera sumarse Germán Vargas Lleras, hombro a hombro con Iván Duque y por encima de Gustavo Petro.

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