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Amor vs codicia

Por Carlos Piñeros

akifrases.com

A esto se reducen los conceptos y las conductas de la vida en sus extremos, manipulada por las ideologías y los credos, incluido el respetable ateísmo, en la lucha inacabada por construir una ética que dignifique al hombre y su entorno.

Cada religión, como cada ideología política, por lo general se considera única, auténtica y depositaria de la verdad. Y más de una va al fondo de querer combatir y aniquilar rivales, porque ve en ellas el extravío, la falsedad, la herejía. Y, por qué no, la competencia disimulada por el poder.

El fanatismo amenaza con llevar al atropello, a la injusticia, pero quien naufraga en el mar obnubilado, ya ni puede respirar, menos darse cuenta de las consecuencias de su actitud.

No resulta fácil para quien nace y crece en una religión cerrada despejar la mente para echarle una mirada desprevenida al horizonte del universo creyente, aproximarse en procura de mayor información, y ni pesar en auscultar en sus profundidades.

La equívoca generalización entre casi todas las religiones de ver en el ateísmo un foco del mal obedece a que parte del falso presupuesto de que, como no tiene Dios, no cree en nada ni en nadie y, por lo mismo, no respeta nada ni a nadie. No es así.

El tránsito terrenal que se me ha regalado me ha permitido conocer y compartir con personas que honestamente se declaran no creyentes, y nunca he encontrado entre ellas a alguien que no ejerza una conducta ética ante la vida.

El respeto a la existencia –nada menos—es su credo. Lo honran con tanta devoción que estoy a punto de creer que este es otro camino de santificación. Descubro ahí la filosofía de la afirmación recibida como chiste entre creyentes, según la cual “soy ateo, gracias a Dios”.

Les bastaría a muchos “religiosos” guardar el respeto ateo por la vida para ganarse el cielo.

¿Cómo se explica que entre los colombianos hayamos “creado” la Virgen de los sicarios? ¿Quién entiende la santigüación como escudo protector para quien, inmediatamente hecha la cruz sobre su cuerpo, sale a dispararle al prójimo?

¿Habrá diferencia con el político que se cuelga del cuello el crucifijo de oro y ora en público entre los feligreses confiando en sus adentros que le salga el “negocito” del contrato, la licitación o el traslado saqueador del erario, mientras los niños guajiros mueren de desnutrición o los campesinos se hunden en la ignorancia y la miseria o los chocoanos fallecen de fiebre porque les cerraron el puesto de salud?

El abuso político de la representación del pueblo en beneficio propio no es nuevo. ¡Y los seguimos reeligiendo! El mal ejemplo cunde. La venta de indulgencias por la iglesia motivó la ruptura en el siglo XVI. Florecieron filósofos que veían a Dios complacido con quienes multiplicaban sus patrimonios más que con la gente bondadosa con los pobres.

Ha prevalecido, en suma, el limitado y erradamente ambicioso pensamiento humano en favor del ego y la codicia. De nada valió la evidencia santificadora de los estigmas en San Francisco para que los maltratadores de la iglesia revisaran su conducta. Igual ocurrió con el Padre Pío. Los mercaderes irredentos no abandonan el templo ni su impostura.

Difícilmente dejan avanzar al Papa Francisco por el camino el amor. Se escandalizaron cuando él llamó a la responsabilidad familiar, al advertir que nadie debiera tener más hijos de los que pudiera criar.

Ni qué decir del alboroto que suscitó al preguntarse quién era él para juzgar al homosexualismo. Una práctica que condena en la iglesia, como bien llama a castigar con severidad la pederastia.

Y denuncia por su nombre el abuso del poder, pero nadie escucha. La desinteligencia humana corre a zancadas exponenciales hacia su destrucción, porque la codicia no le permite encauzarse por la ética del amor trocando el paradigma que somete al hombre al servicio de la economía por el de poner la economía al servicio del hombre.

Acaso por la excepción que confirma la regla, alguien se convenza de que nadie ha podido inventar el ataúd o la tumba con caja fuerte, y antes de irse trate de enriquecer su mundo espiritual evitándole al prójimo penalidades por su codicia.

Es muy poco lo que el hombre requiere para subsistir, pero la vanidad y el consumismo le arrebatan parte importante de las energías que invierte para producir. Y no se da cuenta. Menos va a poder ser consciente de que con esas energías perdidas, bien dirigidas, podría contribuir a solucionar grandes necesidades que afligen a la humanidad.

El amor es la ética por la vida en todas sus manifestaciones. La lerda renovación de los combustibles fósiles por energías limpias quizá sea un asomo del cambio de paradigma, así en principio se lo vea como una prolongación de la codicia, que renuncia a ceder. El respeto a la vida no se deriva única ni forzosamente del amor, pero es la base de la ética, la semilla del contrato social, el principio de la convivencia civilizada.

Jesús vino a este mundo pero no era de él. Como Dios, es espíritu. Trajo el amor como escuela trascendente. Está por verse el uso que le damos al libre albedrio, a la voluntad de amar. La destrucción de la vida terrenal prueba que llevamos la nota en rojo incandescente.

Lo países altamente desarrollados profesan gran respeto por sus religiones, el manejo político está impregnado de su mensaje ético y la coherencia en el comportamiento bien puede medirse en el grado de satisfacción de las necesidades y aspiraciones colectivas. Resultado: el bienestar general. Esa es la paz auténtica. Y por eso surge el escándalo en Suecia, Dinamarca, Noruega, por ejemplo, cuando aparece un muerto por asalto o acto violento.

Si finalmente resulta más fácil en nuestros lares que el elefante pase por el ojo de la aguja a que el peregrino se salve, sería fallido y doblemente irresponsable pretender ocultar la desinteligencia humana en una socorrida predestinación divina.

Me atrevo a soltar mis inclinaciones y reflexiones, con todo respeto, porque no acepto el engañoso mandato que pretendieron imponernos los españoles que vinieron a aniquilar nuestra cultura: decían que, “para no pelear,  es mejor no hablar de política ni de religión”. Sofisma: era para mantenernos en la ignorancia. Y para que no les reclamáramos por sus bellaquerías.

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