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Adiós, castrochavismo, adiós

Por Ricardo Silva Romero, Diario El País, Madrid

Foto globovisión.com

Ya no hay Farc. Ya no hay Unión Soviética ni hay Guerra Fría ni hay muro en Berlín ni hay Chávez ni hay Castro ni hay “castrochavismo”. Ya no hay sino capitalismo: ley de la selva

Íbamos en que el tal plebiscito colombiano lo ganó el “no”: “no” al urgente acuerdo de paz con las Farc. Pero desde el lunes siguiente a esa “victoria” el extraordinario equipo negociador del Gobierno –comandado por el exvicepresidente liberal Humberto de la Calle– se empeñó en renegociar el pacto político con la guerrilla para que diera alivio también a aquellos electores del “no” que no votaron “no” a la paz, sino “no” ante cualquier duda, “no” ante cualquier temor. No a una justicia transicional sin jueces colombianos. No a la ambigüedad en la reparación de las víctimas. No a la palabra “género”. No a perdonar a sus cínicos victimarios. No a todas las mentiras que asumieron como verdades: al matrimonio homosexual, a la legalización de Uber, a la inminente invasión de un comunismo que ellos llaman el “castrochavismo”.

Se firmó esa paz en una breve ceremonia de negro. Y fue un segundo milagro
Se hizo el nuevo acuerdo de paz, pues, sumándole al viejo las ideas de los líderes del “no”: el expresidente Pastrana, el expresidente Uribe, que en su momento buscaron acuerdos que concedían mucho más que este. Y se firmó esa paz en una breve ceremonia de negro. Y fue un segundo milagro.

Pero los opositores inescrupulosos siguieron repitiendo la tontería “paz sí, pero no así”, inconformes –dijeron– con el pacto que ellos mismos corrigieron, porque a los opositores inescrupulosos sólo les sirve el desastre. Y sí: así es la política. Pero no deja de sorprender, de horrorizar, que un político prefiera que siga la violencia a que se desmantele una guerrilla. Por lo que sea: porque prepara su regreso al poder, porque jura que un pacto político debe ser un pacto jurídico, porque cree que es mejor que un secuestrador se pudra a que se tropiece en la calle con su secuestrado: da horror. De vez en cuando se dice que el presidente Santos ha hecho todo esto por vanidad, pero, sea como fuere, el resultado lo honra, lo ennoblece. Sabotear el fin de una guerra de 52 años, en cambio, podrá lucrar, pero no, nunca, redimir.

No hay Chávez ni hay Castro ni hay “castrochavismo”. Ya no hay sino capitalismo: ley de la selva

Fue De la Calle quien encaró ese saboteo: nació hace 70 años en el municipio azucarero de Manzanares, Caldas. De niño asumió el existencialismo libertario del llamado “nadaísmo”: “no hay nadie sobre quien triunfar, sino sobre uno mismo”. Se graduó de abogado en la Universidad de Caldas. De 1969 hasta hoy se casó con su compañera de clases, logró una familia con tres hijos y seis nietos, y fundó una reputada firma de abogados. De 1969 hasta hoy fue Juez, Profesor, Magistrado, Registrador, Ministro, Vicepresidente, Embajador. Y sobre todo ha sido un tipo de carne y hueso dueño de su propio sentido del humor y ajeno a tantos políticos cínicos de humor involuntario. Y ha sido el jefe de este equipo negociador que ha visto con sus propios ojos no sólo el delirio de las Farc, sino el de los líderes que han vivido de prometer su exterminio.

Ya no hay Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia: ya no hay Farc. Ya no hay Unión Soviética ni hay Guerra Fría ni hay muro en Berlín ni hay Chávez ni hay Castro ni hay “castrochavismo”. Ya no hay sino capitalismo: ley de la selva.

Pero Colombia está plagada de bandas de sicarios que aún no lo saben, que, acostumbrados a ganarse la vida matando a la gente que grita “están matándonos”, en estos cuatro años han asesinado decenas de líderes campesinos, defensores de víctimas, miembros de movimientos de izquierda. Y sí: es apenas lógico que los opositores inescrupulosos sean incapaces de triunfar sobre sí mismos, que tengan estómago para negar que el equipo de Humberto de la Calle consiguió un nuevo acuerdo, que sigan necesitando el fantasma del comunismo para quedarse con todo, y que su ideología se reduzca al negocio. Sí, así han sido, así son. Pero no deja de sorprender tanta vileza.

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