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Adela en Harvard

Por Oscar Domínguez Giraldo

María Roa Borja, en Harvard (diario El Tiempo)

Se me “piantó un lagrimón” cuando leí la noticia de la presencia en la Universidad de Harvard, donde se desasna el blancaje de la aldea global, de una líder de las empleadas domésticas de Colombia.

Me alegré por María Roa Borja, de Apartadó, Antioquia, quien defendió a su gremio para el que exigió respeto y valoración. Habló con conocimiento porque sufrió las penas y las pocas alegrías de su arduo oficio.

Como soñar es gratis, me habría gustado haber visto a su lado a Adela, la muchacha del servicio estrella en nuestra casa en esa eterna nostalgia que es la infancia.

Adela, mi paisana de Montebello, era un adagio que caminaba. Su sabiduría estaba en los dichos que iba desgranando. Ni que se hubiera leído el Quijote. Ayudaba a bien-mal dormir contando historias de la Patasola y la Llorona.

Nos acompañaba a escuchar radionovelas como Lejos del Nido o el Derecho de Nacer, de donde surgió el nombre para nuestra hija quien nos ha hecho abuelos dos veces. Adela, lloraba con nosotros o nos prestaba lágrimas cuando se nos acababan.

In illo témpore, sin ninguna poesía, les decíamos sirvientas. En las casas las contrataban con “pienso” o “sin pienso”. Si “pensaban” el menú, facturaban más. No sabían de prestaciones sociales. Se enfermaban – o morían- de lo que podían, no de lo querían.

Siempre han tenido colgado el inri de que son la otra cruz del matrimonio. La primera cruz son los maridos que no hacen bien la tarea. O la hace bien, pero en otras camas…

Adela hacía mil oficios por el mismo ínfimo salario. Era “dentrodera” y cocinera. Todo lo hacía bien, anticipándose al Carvajal de la cuña. De pronto amanecíamos huérfanos de Adela. Reaparecía meses después y retomaba el hilo donde lo había dejado.

Los fines de semana se refugiaba en los parques en busca de su soldado desconocido, general de un sol, el que alumbra para todos. El uniformado le endulzaba el oído con letra sacada de algún bolero. En la noche volvía a su soledad acompañada en casa.

Antes, como ahora, el oficio de empleada del servicio tiene cierto tufillo a remota esclavitud. Y eso que la liberación del servicio doméstico llegó hace tiempos. Para quedarse. Buena esa.

Adela nos ayudaba a crecer. Hacía más fácil vivir. Alcahueteaba a la muchachada. Nos daba en la vena del gusto gastronómico. Hasta tusas de amores tempraneros nos ayudó a batutiar.

Las empleadas del servicio se han ido tomando el poder. Están al día en tecnología. No las patea el Blackberry ni la internet. El radio vive puesto en el AM de sus afectos. Conocen sus derechos laborales por más que los patrones les escondamos el periódico que habla de sus conquistas. Los deberes que esperen. Si nos descuidamos nos mandan por leche a la tienda.

Como muchos de sus colegas, Adela terminó haciendo parte del árbol genealógico. Salió aplaudida de casa como la elocuente María Roa en Harvard. (www.oscardominguezgiraldo.com).

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