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Acomplejados y bravucones

Por Andrés Hoyos/ andreshoyos@elmalpensante.com, @andrewholes (Diario El Espectador, Bogotá)

Donald Trumpo, presidente de Estados Unidos Foto amazonaws.com

Donald Trump es el americano feo de la novela por partida doble. Su rotunda catadura de vendedor ambulante sobrealimentado y la cresta teñida de rubio son desagradables a la vista. Cuando el hombre aparece en televisión, uno cambia de canal con tal de no verlo. También cambia de canal con tal de no oír el sartal de interjecciones inconexas con las que pretende regir el mundo. Antes solía haber una distancia entre caricatura y realidad, ya no.

La semana pasada Trump amaneció con ganas de descertificar a Colombia por el aumento de los cultivos de hoja de coca. El Acuerdo de Paz incluye planes creíbles para la reducción de los cultivos ilícitos, pero no, Mr. Trump tiene mucho afán. Vale la pena esbozar un contexto mínimo para entender el despropósito de esta descertificación. En 1971 Richard Nixon, todavía muy seguro en su puesto, entendió el potencial político del racismo y decidió transmutarlo en una nefasta política pública: la prohibición a ultranza del consumo de cualquier psicotrópico, incluido el inocente cáñamo, que tenía la desgracia de ser primo lejano de la marihuana. Fue un golpe de astucia pues en ese entonces el comercio de narcóticos se asociaba con los negros y los latinos.

La guerra contra las drogas resultó un rotundo fracaso desde el día cero. Estamos rodeados de drogas porque la gente quiere consumirlas, pese a que los ñoños las prohíben. Sin embargo, la inercia política en Estados Unidos hizo seguir adelante con la prohibición, y en estos 46 años ha corrido mucha sangre bajo los puentes, aportada sobre todo por los países al sur del río Bravo, muy en particular Colombia. Si no costara tanto dinero y tantas vidas, el prohibicionismo parecería un chiste. Mientras California, el estado más rico de la unión, legaliza la marihuana y se apresta a construir a su alrededor una inmensa industria, aquí seguimos incautándola con furor. O sea, ¿tú legalizas y yo me hago matar?

Ahora bien, el tema de Trump lo tendrán que resolver algún día los americanos, no el resto del mundo. Problema nuestro, en cambio, es lidiar con sus portavoces locales, gente que se llena la boca con la palabra PAAATRIAAA y acto seguido hace genuflexiones cuando habla el del peluquín. Valga de ejemplo la columnista María Isabel Rueda, quien el domingo pasado afirmó que como Colombia le recibe a Estados Unidos 391 millones de dólares de ayuda (0,0015% del PIB), estamos obligados a arrodillarnos hasta que nos sangren las rodillas. María Isabel no solo hace apología de la abyección, sino que la hace en tono regañón. Estos uribistas abiertos o camuflados son como el bully del curso, duros con el débil pero listos a obedecer las órdenes del matón. Yes, Mr. President, whatever you say. Quieren que los colombianos nos volvamos todavía más acomplejados de lo que somos.

No, señores bravucones. La cifra que de verdad cuenta son los 200 mil muertos que hemos puesto en esta guerra absurda contra las drogas, no las 200 mil hectáreas de hoja de coca que hay. Dicho sea de paso, la cocaína es hoy un problema secundario en Estados Unidos, donde la gente muere a manotadas por cuenta de los opioides, muchos de ellos producidos por las grandes farmacéuticas.

¿Votaría usted por un candidato que tenga las rodillas peladas de tanto postrarse ante Trump? Yo no. Colombia tiene derecho de resolver el problema de las drogas a su manera, como decía Frank Sinatra. De la abyección no queda sino el dolor de espalda.

andreshoyos@elmalpensante.com, @andrewholes

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