Al instante

“A mi violador ustedes lo oyen y lo ven todos los días”: Claudia Morales

Diario El Espectador, Bogotá

Claudia Morales en su ejercicio periodístico en Caracol Radio. Foto epigmenio.net

A través de una columna publicada en El Espectador, la reconocida periodista, hizo una valiente denuncia sobre cómo fue víctima de violación por parte de su propio jefe. Asegura que da a conocer su caso ahora para defender el derecho de las víctimas de abuso a guardar silencio.

Gustavo Torrijos – El Espectador

Una defensa del silencio. Ese es el título y el propósito de la columna que la periodista Claudia Morales publicó este viernes en El Espectador y que contiene una valiente denuncia: la de su propia violación.

En el texto, Morales cuenta que hace varios años fue violada por su propio jefe en un hotel al término de una jornada laboral. “Llega a su hotel, se baña y se arregla para salir a cenar con una pareja de amigos. Alguien golpea en su habitación. Ella mira por el rabillo de la puerta, es su jefe. Abre, “Él” la empuja. Con el dedo índice derecho le ordena que haga silencio. Le hace preguntas rápidas mientras la lleva hacia la cama. Ella, que siempre tiene fuerza, la pierde, aprieta los dientes y le dice que va a gritar. “Él” le responde que sabe que no lo hará. La viola. La protagonista de la historia soy yo y al violador lo seguiré llamando “Él”“, sostiene.

Lea aquí la columna de Claudia Morales

La denuncia pública que hace en su columna, insiste la periodista, tiene como propósito defender el derecho de las víctimas de abuso que, cómo ella, decidieron guardar silencio y no dar a conocer su caso.

“Luego de ver lo que ocurrió con Marcela González, la mujer que ha sido víctima de abuso y agresiones por parte de un señor que se hace llamar periodista (Gustavo Rugeles), las reacciones que generó el hecho de que ella se hubiera retractado de su denuncia, los insultos de los que fue víctima también me animaron a  sentar una posición sobre el derecho al silencio”, aseguró Claudia Morales en diálogo con Blu Radio.

Explicó, además, que no quiere dar a conocer el nombre de su agresor pues no se quiere exponer. “Ustedes lo oyen y lo ven todos los días y me parece que ya exponerme en este punto de la vida con un nombre, cuando ya en la historia que ha pasado no tengo tampoco ninguna prueba distinta a mi palabra, me parece que es un desgaste y además me parece que es peligroso (…) En el fondo él sabe que mi silencio es algo con lo que me voy a morir”.

Y agregó: “Yo creo que es persona es capaz de muchas cosas, porque la vida que esa persona ha tenido ha demostrado que nada de lo que ocurra a su alrededor le puede hacer daño, que tiene todo el poder para poderse salir con la suya y yo sí creo que puede hacer mucho daño, yo soy mamá, yo tengo una niña de 8 años y no creo que una cosa que ya pasó hace tantos años valga la pena convertirla en algo que pueda exponerme a mí y a las personas que yo amo”.

Sobre las críticas que ha recibido en redes sociales de algunas personas que le dicen que con su silencio está invitando a  que otras mujeres no hablen o que para que ese abusador que la violó a ella siga abusando de otras muejeres, Claudia Morales insistió en que su llamado no es a callar.

Yo en la columna no estoy invitando a nadie a callar. Yo no estoy diciendo que la gente se sume a mi silencio, es todo lo contrario, si puede hacerlo, hágalo. Yo estoy simplemente diciendo respeten el silencio de quienes optamos por hacerlo, por guardarlo, por tenerlo como opción por distintas razones”.

Una defensa del silencio

Una mujer joven termina su jornada laboral, llega a su hotel, se baña y se arregla para salir a cenar con una pareja de amigos. Alguien golpea en su habitación. Ella mira por el rabillo de la puerta, es su jefe. Abre, “Él” la empuja. Con el dedo índice derecho le ordena que haga silencio.

Le hace preguntas rápidas mientras la lleva hacia la cama. Ella, que siempre tiene fuerza, la pierde, aprieta los dientes y le dice que va a gritar. “Él” le responde que sabe que no lo hará. La viola.

La protagonista de la historia soy yo y al violador lo seguiré llamando “Él”. No presenté ni presentaré nunca una denuncia y voy a explicar por qué.

Cuando trabajé con “Él”, era un hombre relevante en la vida nacional. Ahora lo sigue siendo y, además, hay otras evidencias que amplían su margen de peligrosidad. Hoy, con 44 años, reviso el momento que tengo grabado como una foto y no me arrepiento de haber guardado silencio.

Para salir adelante, apelé a mi mente, a mi espiritualidad, al pudor y unos años después al abrazo de mi esposo y hace poco a los oídos solidarios de un par de colegas amigos y otros dos amigos que no son periodistas. Con ellos mi secreto está a salvo. No necesito más.

Cuando fui violada, además, vivía con mi familia una situación de dolor profundo, mi papá estaba en una posición laboral que yo debía proteger y mi vida profesional, una vez renuncié al lugar donde trabajaba con “Él”, era incierta. No existían las redes sociales y sentirse empoderado no era algo tan usual como lo es ahora gracias a esas plataformas.

Desde que empezó la campaña #MeToo revivió la necesidad de escribir sobre esto, pero sentía temor. Un miedo distinto al que tuve cuando “Él” me violó y que se transformó luego de ver los testimonios de mujeres que de forma valiente han empezado a hablar con dignidad (bueno sería oír también a los hombres abusados). Sin embargo, lo que más me motivó a escribir fue el caso de Marcela González, pareja de un remedo de periodista nazi, agredida por él según su denuncia, el pasado 27 de diciembre.

Leí tantas cosas horribles contra la mujer cuando a través de un video se retractó, que no pude evitar una profunda ira. A mí también me hubiera gustado que Marcela siguiera adelante con el caso, que no viviera más con el agresor y que empezara una vida distinta acompañada de un entorno social amable. Se activan mis miedos cuando la imagino en peligro y deseo que no tenga un final lamentable.

Pero, ¿quiénes somos para juzgarla? ¿Qué sabemos de ella? ¿Quién de los que opina en su contra conoce su entorno familiar? Una campaña como #Me Too debería servir para concientizar sobre la individualidad del ser, los matices de la existencia, las diferencias culturales y, por qué no, para defender como válido el silencio por el que algunos optamos. Los linchamientos en gavilla, cuando se trata de un ser abusado, duelen, desestimulan la denuncia y también a muchos los llena de vergüenza.

Si usted, hombre o mujer, tiene el coraje y está rodeado de un entorno solidario, denuncie. Celebraré siempre que desgraciados como “Él” y otros abusadores sean visibilizados y castigados. La revelación de mi historia es una defensa del silencio y un llamado a entender que cada uno de quienes hemos sido abusados tenemos mundos distintos. Este texto también es una forma de invitarlos a callarse cuando no haya nada bueno por aportar y tengan la tentación de juzgar.

*Periodista.

Acerca de Revista Corrientes (343 artículos)
Periodista y abogado nacido en Pereira, Risaralda en 1950
Contacto: Sitio web
Ir a la barra de herramientas