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90 años 90 de la reina Isabel

Por Oscar Domínguez G.

La reina Isabel celebra sus 90 años. Foto laopinion.com.co

 

La reina Isabel celebra el cumpleaños con el pueblo del Reino Unido. Foto  notiver.com.ar

La reina Isabel celebra el cumpleaños con el pueblo del Reino Unido.
Foto notiver.com.ar

Así como los carros ingleses tienen el timón al otro lado, la reina Isabel II que nació en abril (21), hace 90 años, celebra su cumpleaños en junio. También está celebrando sus primeros 64 años viviendo debajo de una corona. No hay indicios de que piense tirar la toalla. Su hijo Carlos se “marchita” esperando su turno al bate. Lo mismo Camila, su segunda mujer.

Otra estadística que enorgullece a los ingleses: la reina que fue coronada a los 25 años, en 1952, lleva 68 roncando al lado del mismo marido: el príncipe Felipe de Edimburgo, experto en meter las reales extremidades.

Un dato más para los coleccionistas de datos inútiles de la parroquia global: Desde que ascendió al trono han pasado doce primeros ministros. Churchill, su tutor, fue el primero. Cameron, que tiene sus ahorritos en Panamá, es el último.

¿Cómo no felicitar a la Reina en su 90 aniversario si los ingleses le han hecho sustanciales aportes a la humanidad, incluido lo del timón a la derecha?

De pronto se descachan y descubren a los gringos, por ejemplo. Pero nadie es perfecto. En efemérides como esta es inevitable preguntarse: ¿qué habría pasado si en lugar de desembarcar en las costas de Estados Unidos, los ingleses recalan en Colombia, por ejemplo?

Gracias, Reina, por el detalle de no haber desembarcado en costas colombianos. Si lo hubieran hecho, seríamos los gringos del paseo y eso sí que no.

Si no fuera por los ingleses, a estas alturas no sabríamos de dónde venimos.

Muy amable, señor Darwin, paisano de la Reina Chava, por recordarnos que venimos del mono, un pacífico y divertido pariente que nunca ha fabricado un miserable cortauñas. El bobo sapiens ha ido mucho más allá: tenemos armas atómicas con qué destruirnos y pasar a ser olvido, puré de nada, en cuestión de segundos.

Sin Newton la ley de la gravedad estaría ahí tan campante, pero no tendríamos ni idea de ella.

Por otro inglés, Charles Chaplin, sabemos que un día sin humor es un día perdido, dicen. Chaplin era “todos los domingo del año”. El regordete del Hitchcock nos regaló el suspenso y Agatha Christie y Conan Doyle las novelas de detectives.

Cuando el mundo necesita una ironía o una paradoja para sonreír pensando, lee a mi tocayo irlandés Oscar Wilde. Quien en el caso de Isabel se equivocó cuando escribió que una mujer que confiesa la edad no tiene futuro.

Claro que el mejor obsequio que nos podría hacer la reina a sus súbditos de la aldea global, sería regalarnos alguno de sus divertidos sombreros. Con uno solo pagaríamos los servicios y el trago y las viejas de por vida. Cuando la reina visita escuelas usa sombreros de flores o plumas para captar la atención de los niños.

También nos podría hacer un regalo más extraño todavía: renunciar a una figura cada vez más arcaica, decorativa y costosa como la monarquía. Aunque el 77% por ciento la aprueba. La reina tiene un índice de aprobación del 90%, como su edad.

Pero no se vayan todavía que el príncipe Felipe, su marido de 95 años, amerita plato aparte aparte. Para empezar, el príncipe consorte más longevo del mundo, vive feliz teniendo a su mujer por exquisita cárcel.

Gracias a su condición, nunca ha tenido que madrugar a levantar euros pa’ la prosaica patata, como le dicen los europeos a la papa. Suficiente para Don Felipe dormir con su propio jefe.

Como es de público des-conocimiento, la reina gobierna pero sin el estrés de mandar. Para eso está el Primer Ministro. Pragmatismo ante todo.

Hay gente de buenas: el Príncipe Felipe nunca ha tenido jefes, jamás ha hecho cola para entrar a cine, no sabe lo que es triturar horarios de oficina, tender la cama, ir por el té de las cinco a la tienda, llevarle el desayuno a la cama a su “dulce enemiga”, o lavar loza. Si esto no es lo más parecido a la felicidad, apagá y vámonos.

Solo de vez en cuando, para demostrarse que existe, sale del silencio de su cartuja de oro londinense para comprar calzoncillos caros en Harrods, cae en Soho a beberse un trago disfrazado de cotero.

O asparece para decir algún exabrupto. El diario El País, de Madrid, recogió alguna vez estas perlas que llevan la marca del Principe:

“¿Aún se tiran lanzas unos a otros?”, le preguntó una vez a un jefe aborigen australiano. “Al fin dos irlandeses se ponen de acuerdo en algo”, comentó al saber que dos estudiantes en Berlín procedían del mismo pueblo de Irlanda del Norte. “¿Cómo consigue que los nativos estén bastante rato sin beber para pasar el examen?”, le preguntó en Escocia a un monitor de autoescuela. “Así que ha conseguido usted que no se lo coman”, le dijo en Papua Nueva Guinea a un estudiante británico. “Si se queda mucho tiempo aquí se le pondrán ojos rasgados”, le aseguró a otro en China.

Mete las reales quimbas y enseguida vuelve a su anonimato de cinco estrellas. Son frases para gritar: Yo también existo.

En su momento, por coquetería del azar, le tocó poner la horizontal cuota para prolongar la familia real. Y “voilà tout” como dicen sus vecinos franceses.

En fin, renuncie o no a la corona: God save the Queen.

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