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9 de abril con Mariposa

Por Oscar Domínguez Giraldo, diario El Colombiano, Medellín

El caudillo liberal Jorge Eliecer Gaitán. Foto hechos.com.co

In illo témpore, cuando mataron a GAitán, por instrucciones de mi abuela jericoana Amalia Calle Botero – parienta de Uribe Uribe y perdón por la chicaniada- me bañaban con leche recién ordeñada de la vaca Mariposa para que el “Negrito” (yo) creciera saludable y no fuera tan empalagoso.

Pongo a funcionar el espejo retrovisor, y en el disco duro de mi memoria oigo la voz de mi abuela paterna que dice el 9 de abril del 48: “Echandía va pa’ Palacio”. Repetía lo que oía en la radio que entonces era radio, televisión y periódico. Cómo conservo ese dato en mi disco duro si apenas tenía tres años y monedas, es algo que le dejo a los estudiosos. Yo tengo que terminar esta nota…

Y sí: en las fotos que tomó el fotógrafo bogotano Sady González, rodeado por la turba, aparece Darío Echandía con otros jefes liberales, marchando hacia el Palacio Presidencial. Uno de ellos, Carlos Lleras, camina fumando el impajaritable cigarrillo que lleva en la boca como si fuera un tatuaje. O una prótesis. Sady le puso fotografía a mis recuerdos.

Pienso en el caballeroso y talentoso Sady, con quien compartí faenas reporteriles, y se me viene a la mente una gota de sudor que empieza a correr por su mejilla de veterano que congelaba la historia cada vez que hacía clic. Después vendría un pañuelo, ya empapado, a enjugar esa gota que era reportería gráfica pura.

En buena hora, su esposa Esperanza Uribe y su hijo Guillermo, director de la revista Número, se han encargado de volver libros de historia las gotas de sudor de Sady.

Como soy de chispa atrasada, solo ahora recuerdo que a mis tres años, como millares de colombianos, también fui desplazado. Entonces no se les decía así a los protagonistas de la diáspora.

Como en esa época se nacía católico o católico, liberal o conservador, la nuestra era una familia con superávit de glóbulos rojos. Por culpa del trapo rojo nos tocó salir como por entre un tubo de nuestro terruño, Montebello, Antioquia, que queda por los lados del Alto de Minas para los que acaban de llegar a la sintonía.

Algún buen correveidile conservador le sugirió a mi padre que se abriera del parche con su culecada si no queríamos aumentar la población horizontal del barrio de los acostados. (La historia se repetía, al revés, en otras parroquias donde a los conservadores les tocaba agarrar sombrero e ilusiones, y partir).

Salimos a sombrerazos de Montebello y Versalles. En esa huida de nuestro Egipto local, anclamos en Medellín. Lo que más me impactó fueron las luces de la ciudad que prendían y apagaban. Me parecía increíble que la luz se fuera y viniera tan pronto sobre los avisos luminosos.

Después vendrían otros deslumbramientos: el tranvía, la escalera eléctrica del Caravana y los relojes (fosforescentes) que dejaban ver la hora en la oscuridad. El barrio Manrique nos acogió con sus cielos y tangos abiertos, y con su iglesia toda de blanco hasta los pies vestida.

Los niños vivíamos ocupados con todo lo que íbamos descubriendo a nuestro alrededor como una puesta de sol, el miedo, el asombro, la leche de Mariposa, un arco iris. (La niñez es un alzheimer al revés: no “recuerda” nada del futuro).

Debo decir que, felizmente, gracias a la cartilla recibida de abuelos y padres, crecimos sin hacer diferencias entre amigos y “enemigos”, una palabra que no figuraba en nuestra agenda de piernipeludos.

Los “enemigos” eran los hermanos godos, incluidos, claro, los samaritanos que nos datiaron a tiempo y me tienen llenando esta cibercuartilla. Ni una palabra de odio escuchamos de los nuestros. Eso ha hecho más tranquila la andadura. Con odiar no se paga arriendo.

Años después, quería compartir con los cuatro lectores que me quedan ese detalle para mí importante. Perdón por terminar con otra chicaneada

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