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25 años sin Bernardo

Por Oscar Domínguez Giraldo

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Hola, país. Yo, el Gato Garfield, declaro de nuevo mi corazón en lunes perpetuo y mi alma en condición de no lasaña total, a raíz del asesinato (impune, claro), hace 25 años, del manizaleño Bernardo Jaramillo Ossa, mi bigotudo Jim Davis ideológico.

Los gatos somos apátridas por ADN, pero cuando recuerdo la triste fecha de su muerte, me siento paisano y copartidario suyo. No he encontrado otra forma de solidarizarme con quien tuvo por cárcel la integridad y la lealtad con los de abajo. Madrugó a dejarnos, a los 34 años cuando tenía seis vidas más por delante.

No hay muerto malo. Bernardo, doctorado en incisos en la Universidad de Caldas, sigue siendo un muerto pésimo. Lo necesitábamos vivo, país. “Por la vida, hasta la vida misma”, había dicho en uno de sus ratos de franqueza que eran todos. Murió para que otros pudiéramos vivir tranquilos.

Los gatos le tenemos pereza a la ideología, pero en Jaramillo vi siempre a un camarada, un bacán, país. Que viva la “Bernardomanía”. Entre los dos estuvimos a punto de fundar una cohabitación, un frente nacional gatuno-humano. Pero el hombre propone y los violentos disponen. (Y nada que se saben los nombres apellidos y adn de sus verdugos intelectuales, los mismos que se empeñaron en acabar con la Unión Patriótica. Me nace decir con Atahaulpa Yupanki: Dios por aquí no pasó).

Ambos vivíamos “en la eternidad del instante”, como decía Borges de Beppo, su gato. En vida suya salté de las tiras cómicas a la solapa de miles de sacos. No en vano me nombró mascota de la desaparecida Unión Patriótica, movimiento en el que tuvo la temeridad de remplazar a otro sacrificado, Jaime Pardo Leal.

Pantalones e integridad les sobraron siempre a los dos. El miedo no formó parte de su menú vital.

Bernardo entendió la función social de los héroes de las historietas. Nos miraba no solo como un antídoto contra la jartera de sobrevivir, sino como un anestésico contra el salario mínimo y la corrupción máxima.

Vivió sin lapsus en su hoja debida. Vivía con intensidad de doce grados. Tenía más vidas que una manifestación de gatos juntos. De allí que mi creador Jim Davis y yo, lo declaráramos el gato Garfield de la política, actividad que animó con su talento y su talante desfachatados, relajado, alegre, que tanto disgustaba a los monótonos patrocinadores del statu quo, como decimos los clásicos.

Nadie lo sabe, pero las tiras cómicas hablamos con frecuencia con nuestros lectores. Somos la prolongación de ellos, sus siquiatras gratuitos, sus ventrílocuos. En una charla, con música de tango al fondo, Bernardo me decía que yo era el único gato con movimiento político propio.

Era frentero a morirrr, como decían sus tías manizaleñas, arrastrando las erres. Cuando gritaba la “grande” con tantas ganas, me hacía recordar sus intervenciones en las plenarias del Salón Elíptico del Capitolio, adonde el país fue a rendirle tardío homenaje de admiración. ¿Pero después de muerto quién vive?

En otra tertulia, mientras acariciaba uno de los 200 gatos Garfield de su colección, me confesaba que era marxista, línea Groucho, no Carlos. Era marxista por convicción (o lúdica), no por convención. Nunca fue un trepango.

Para evocar su partida, no se me ocurre más que cantarle tangos. Como “Volver”, de Gardel y Lepera, uno de sus preferidos. Solía tararear que “es un soplo la vida” y que “veinte años no es nada”.

25 años sin Bernardo son una eternidad. Mi sentido pésame a Mariela Barragán, la mujer de todos sus sueños e insomnios. Para todos los suyos. No lo calumnio si despido al agnóstico de bigote poniendo en su tumba, a manera de demorado epitafio virtual, este verso plagiado de Pessoa: “Valió la pena vivir solo por ver pasar a Bernardo”.

Bogotá, domingo 22 de marzo de 2015

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